¿Afectan las pantallas al aprendizaje? ¿Son perjudiciales? El impacto de las pantallas en la infancia genera debate entre quienes las critican y quienes defienden su integración educativa.
Un estudio publicado recientemente en Nature Human Behaviour ha llegado a la conclusión de que la pregunta correcta no es “¿pantallas sí o no?”, sino “¿qué tipo de pantalla, con qué contenido y en qué contexto?”. Tras analizar 102 metaanálisis que incluyen más de 2.400 estudios y casi dos millones de participantes, dedujeron que no todas las pantallas son iguales. Según la evidencia científica, aunque el uso general puede asociarse a pequeños efectos negativos, el contenido y el contexto marcan la diferencia.
La importancia del uso
Una de las conclusiones principales es que el uso general e indiscriminado de pantallas puede asociarse a pequeños efectos negativos en el rendimiento académico o en algunos indicadores de salud. Sin embargo, cuando se analizan usos específicos, el panorama cambia significativamente. Las intervenciones educativas con pantalla táctil, diseñadas con objetivos pedagógicos claros, muestran incrementos significativos en el aprendizaje. El uso de aplicaciones interactivas que requieren participación activa del niño, como resolver problemas, manipular elementos o responder preguntas, se asocia con mejoras académicas. Además, la interactividad parece ser una clave fundamental: no es lo mismo consumir contenido de forma pasiva que interactuar con él.
Por otra parte, este meta estudio encuentra que el uso general de pantallas puede relacionarse con ligeros descensos en habilidades lectoras. Sin embargo, esta asociación cambia de signo cuando se introduce el factor adulto. El visionado compartido con los padres y su interacción, como, por ejemplo, ver un programa juntos y comentar lo que ocurre, se asocia con mejoras en la alfabetización. De igual manera, los programas con contenido educativo muestran efectos positivos en el desarrollo de habilidades lectoras y lingüísticas. Esto sugiere que la mediación adulta y la calidad del contenido son variables decisivas.
¿Cuánto «vale» una pantalla?
En otras palabras, no todas las horas de pantalla tienen el mismo valor. Una hora viendo vídeos aleatorios sin supervisión no equivale a una hora utilizando una aplicación diseñada para estimular la conciencia fonológica o el razonamiento matemático. Tampoco es comparable ver dibujos en soledad que compartir una historia digital comentando personajes, emociones y vocabulario nuevo.
La evidencia científica actual invita a abandonar posturas extremas. Las intervenciones educativas con pantalla táctil pueden incrementar el aprendizaje, el visionado compartido con los padres y los programas educativos pueden mejorar la alfabetización, y el uso guiado de aplicaciones bien diseñadas puede convertirse en un aliado del desarrollo infantil.
Aunque el artículo también presenta limitaciones metodológicas, abre la puerta a investigaciones más precisas y sugiere que las pantallas, lejos de ser intrínsecamente perjudiciales, pueden tener efectos neutros o incluso positivos según el contenido y el contexto de uso.
Recomendaciones para el uso de pantallas
Para las familias, estas conclusiones son especialmente relevantes. En lugar de centrarse exclusivamente en limitar el tiempo, puede ser más útil prestar atención a tres dimensiones: contenido, contexto e interacción. Para ello, proponemos las siguientes recomendaciones:
Elegir aplicaciones educativas de calidad
No todas las apps etiquetadas como “educativas” lo son realmente. Conviene buscar aplicaciones que tengan objetivos claros (lectura, matemáticas, lógica, creatividad), que fomenten la participación activa y que eviten la sobreestimulación excesiva. Las mejores apps no se limitan a recompensar con sonidos o puntos, sino que plantean retos progresivos y ofrecen retroalimentación significativa.
Priorizar la interactividad frente al consumo pasivo
Las aplicaciones que requieren que el niño piense, toque, arrastre, construya o responda preguntas estimulan procesos cognitivos más profundos que los vídeos en reproducción automática. La pantalla táctil, cuando se utiliza como herramienta de exploración activa, puede convertirse en un recurso de aprendizaje potente.
Integrar lo digital con lo analógico
Si una app trabaja letras, podemos después buscar esas letras en un cuento en papel. Si propone un juego de matemáticas, podemos reforzarlo con objetos cotidianos. La transferencia entre pantalla y mundo real consolida los aprendizajes.
Evitar la multitarea constante
El aprendizaje requiere atención. Conviene desactivar notificaciones y reducir distracciones mientras el niño utiliza una app educativa, para favorecer la concentración.
Acompañar y conversar
El estudio destaca el valor del visionado compartido. Esto puede trasladarse también al uso de smartphones y tablets. Sentarse junto al niño, preguntar qué está haciendo, ampliar el vocabulario, relacionar lo que aparece en pantalla con experiencias reales… todo ello potencia el aprendizaje. La mediación adulta transforma la experiencia digital en una oportunidad educativa.
Establecer límites razonables y coherentes
Aunque el estudio muestra beneficios en ciertos usos, los efectos negativos también existen, especialmente cuando el tiempo es excesivo o el contenido no es adecuado. Es recomendable fijar horarios claros, evitar el uso antes de dormir y garantizar que las pantallas no sustituyan el juego libre, la actividad física o la interacción social.
Un encaje realista
En PekeTAC creemos que este enfoque más equilibrado también ayuda a reducir la culpa parental. Las pantallas forman parte de la vida cotidiana y pueden ser herramientas útiles si se emplean con criterio. Demonizarlas por completo puede ser tan simplista como ignorar sus riesgos.
ARTÍCULO: Sanders, T., Noetel, M., Parker, P., Del Pozo Cruz, B., Biddle, S., Ronto, R., Hulteen, R., Parker, R., Thomas, G., De Cocker, K., Salmon, J., Hesketh, K., Weeks, N., Arnott, H., Devine, E., Vasconcellos, R., Pagano, R., Sherson, J., Conigrave, J., & Lonsdale, C. (2024). An umbrella review of the benefits and risks associated with youths’ interactions with electronic screens. Nature Human Behaviour, 8(1), 82–99. https://doi.org/10.1038/s41562-023-01712-8
